En "Evocaciones de la reina del barullo", La Vista Gorda No. 3, describe con justicia a La Charaleña:
«Guardo un vago recuerdo de la doña: Bajita, de cabellos rizados, cojitranca, opulenta en sus senos, los que bamboleaba bruscamente al ritmo de la danza. Dama de mejillas empolvadas y collares blancos, con su vestido de colorines y flores estampadas. Señora de voz potente, escandalosa carcajada y charla aliñada con respetables groserías. Reina del arrebato, sin reparo se entregaba al licor, a la fiesta y a los placeres.
Ésa era ella; su nombre Clementina y su remoquete popular La Charaleña, la de los escándalos y bullas, la irreverente y temida, la extraviada e irremediablemente perdida Charaleña, la atrevida, la que un día, ebria y navegando en las briosas aguas de la fiesta, se aventuró a levantarse las naguas en la plaza y mostrando un fondo oscuro como el ala del cuervo, le dijo al capellán Trabucchy: «Su reverencia, ¡mire lo que se perdió por meterse de cura!».
Con su presencia desafiante y sus ropajes coloridos, Clementina parecía un matachín más. Ahí, pegada al tumulto, iba bailando, riendo, tomando, echando vivas a la alegría».
Al emotivo recuerdo de la señora inmortal sólo falta añadirle el episodio con el Dr. Julián Acosta Sánchez:
Una mañana La Charaleña acude al Consultorio para la acostumbrada revisión de cada seis meses y cansada de esperar el turno, porque el corredor está lleno de gente, comienzaa a vociferar y maldecir. Al escuchar el escándalo asoma el Dr. Acosta y La Charaleña lo interpela:
«Doctor, vengo a que me revise y le pido que bote a la vieja carga historias, porque me dejó de última habiendo llegado yo a las seis».
«Señora, le dice Acosta, yo no puedo hacer eso, espere que le llegue el turno».
«¡Cómo que no puede hacer nada!… ¿Es que ya no me conoce? … ¿Ya no se acuerda que anoche me decía mijita?».

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