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Compraventa de señora

 Para aliviar su mala situación económica, don 𝗣𝗿𝗶𝗺𝗶𝘁𝗶𝘃𝗼 𝗔𝗿𝗶𝗮𝘀 ofreció a su mujer en venta por la suma de doscientos pesos, encimando el catre conyugal 
El comprador se comprometió a pagar la mercancía en dos contados, la cuota inicial de cien pesos y el resto cuando hubiere entrado en quieta y pacífica posesión de la cosa enajenada. El comprador consiguió las arras dando en hipoteca de primer grado una casa en el barrio Chapinero, a favor de doña 𝗠𝗮𝗿𝗶́𝗮 𝗕𝗲𝗹𝗮𝗿𝗺𝗶𝗻𝗮 𝗚𝗮𝗹𝘃𝗶𝘀, que nunca pudo recuperar de la obligación prendaria porque los intereses lo avanzaron.
Los dos contratantes visitaron a don 𝗖𝗮𝗿𝗹𝗼𝘀 𝗝. 𝗠𝘂𝗿𝗶𝗹𝗹𝗼 (el notario que hablaba y leía francés), para elevar a escritura pública el negocio. 
Ante la negativa del notario buscaron a un tinterillo para elaborar un documento privado con testigos instrumentales, registro de firmas y cláusula penal, que transfería la propiedad de la obediente señora «con todos sus usos, goces, costumbres, servidumbres y anexidades activas y pasivas que naturalmente le corresponden». 
Otra cláusula otorgaba al vendedor la reserva de dominio sobre la venta por un año, pudiendo ir a visitarla cada mes o cuando lo estimara conveniente. Con tal motivo, un cofrade de la Piedra de los Aburridos escribió una letra romántica:

«Con documento privado,
en transacción tentadora
y con arras al contado,
un solterón a un varado
le acaparó la señora.

Según rezaban sus voces
con probadas facultades
se la vendía con engroses,
usos, servidumbres, goces,
servicios y anexidades.

En el negocio, a despecho
de las costumbres de antaño
quien daba de ñapa el lecho
se reservaba el derecho
de dominio por un año.

Pues el contrato exigía
que el vendedor promitente,
sin retribución podía
revisar la mercancía
por lo menos mensualmente».


Imagen generada por IA

En el siguiente enlace se puede oír la canción, texto de Juan Sebastián Bache, música y voz de doña IA: 

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