Un paisano amaneció muerto en el lecho conyugal y la viuda madrugó a "dar los pasos" para legalizar la desaparición del marido.
Uno de los requisitos era la boleta de defunción, que firmó el Dr. Campo Elías Barbosa.
En el cementerio, al borde de la sepultura, la viuda hizo destapar el cajón para echarle la última ojeada a su consorte y en ese instante el difunto abrió los ojos y se incorporó.
El enterrador oficial don César Bohórquez, alto, con vestido de blanco, antiparras oscuras y funerario aspecto, de un empellón lo devolvió al ataúd, ordenando a los cargueros que apuntillaran la tapa y lo bajaran al hoyo. El difunto, como pudo, se zafó de las garras del Caronte, gritando que estaba vivo. «¡Qué vivo, ni qué jijuepuerca!», respondió el enterrador. «¡Mire!». Y le mostraba la certificación mortuoria.
Lo que aconteció después fue adobado en la Piedra de los Aburridos y lo narraba así con voz ronca y acompasada el juez municipal Elías Lerzundy:
«El finado huyó del camposanto lanzando quejidos sobrecogedores, envuelto en sábana blanca y con un rosario de gruesas pepas anudándole las muñecas. Unas señoras que salían de la tienda de don Cándido Vega, se guarecieron en el templo dándose golpes de pecho. El resucitado atravesó la plaza como alma que lleva el diablo, entre el sobresalto de tolderos, caletas, revendedoras y laguneras, que lo habían conocido en vida. Sin reponerse de la impresión, mercaderes y clientes vieron aparecer a la viuda con una corona fúnebre y enseguida la blanca y delgada figura de don César, blandiendo un azadón de grueso cabo, que gritaba con voz de cucarrón, haciendo bocina con la mano libre: «¡Atájenme ese muerto! ¡Atájenme ese muerto!»

Comentarios
Publicar un comentario