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Roberto Murillo

 Exalumno del asilo San Evasio y organizador vitalicio de la fiesta de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá.
En octubre decoraba el anda para la procesión y guardaba fotografías de los pasos para no repetir los adornos de fiestas anteriores.


Último a la derecha de la foto: Roberto Murillo

El periódico La Vista Gorda cuenta que sus amigos lo llamaban «El Cute», y no precisamente por viejo o inservible. Fue un personaje infaltable en las festividades contrateñas, el preferido para preparar sancochos y asados, "hacer cuarto", vestir santos y matachines, e inundar las calles con sus dichos y resabios.

«Cuando todavía no existían violentos que asustaran a los niños con bombas y metralla, salía por las calles una cuadrilla de enmascarados, vestidos de salpicón y armados de vejigas para hacer reír, correr y gritar a la gente de nuestro pueblo.

Dicho "frente subversivo" (perturbadores de rutina, fabricantes de trapatiesta, bromistas y combatientes de la tristeza) descendía del temido barrio de La Pesa. Avanzando como un remolino multicolor, arrastraba a los moradores entre una mezcla de guarapo, aguardiente, estallidos de la pólvora y cantar de tiples y requintos.

Al fondo, rezagado de la turba, avanzaba uno de los comandantes: el viejo Roberto, el hacedor de carrancios y de altares, el alcahueta, el encubridor de matachines, el incomprendido y calumniado Cute, presente siempre en las fiestas mundanas y religiosas».

Cuando falleció, en 1994, sus amigos cumplieron su última voluntad antes de llevarlo al cementerio: darle un paseo por la plaza y las calles donde anduvo con matachines y santos. Al detenerse el cortejo frente a su vivienda, el policía Aparicio improvisó el panegírico de rigor, confortado con una burbujeante champaña de dos pesos. 

Comentarios

  1. Otro señor encargado de festividades litúrgicas fue don Jesús Contreras, boyacense, cabeza de la hermandad de San José y organizador de la fiesta de la Virgen del Carmen. A él se le habían encogido las falanges de los dedos índice, anular, pulgar y meñique de cada mano. Al hablar con alguien y al dirigir su congregación y el paso durante las procesiones, sin proponérselo hacía una seña de mal gusto con los dedos centrales, más propia de político que de presidente de los josefinos.

    Contaban en La Piedra de los Aburridos que cuando llegó el Dr. José Vicente Rodríguez como odontólogo oficial, al ver que la Casa Médica quedaba fuera del pueblo, quiso conseguir un arma para defenderse. Y le preguntó al enfermero Luis Ramón Torrado donde podía adquirirla. Torrado, con su habitual mamadera de gallo, le dijo que don Jesús Contreras vendía un par de pistolas buenas y baratas, indicándole donde vivía para que fuera a comprárselas. Se ignora qué pasó en casa de Contreras, pero el día siguiente el Dr. Rodríguez peleó con Torrado y duraron como un año que no se hablaban. Por eso, mi compadre Tiberio Quesada, en un Testamento del Año Viejo, cantó:

    "A la policía de aquí
    yo le pido muy de veras
    vigilar la venta de armas
    que tiene Jesús Contreras.
    Pues hasta el Dr. Rodríguez
    por consejo de Torrado
    le fue a comprar las pistolas
    pagándolas de contado".

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