En los años sesenta, los jóvenes 𝗟𝘂𝗶𝘀 𝗟𝗲𝗴𝘂𝗶𝘇𝗮𝗺𝗼́𝗻 y 𝗢𝗿𝗹𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗠𝗮𝘁𝗲𝘂𝘀 —futuros 𝗟𝘂𝗰𝗲𝗿𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗢𝗶𝗯𝗮— eran serenateros y bohemios noctámbulos.
En la Piedra de los Aburridos contaban lo siguiente:
En una ocasión, ya de madrugada, un aguacero le impidió al maestro Leguizamón llegar a su vivienda, porque la quebrada Aguafría había crecido por encima del puente.
Y fueron a pedir posada donde 𝗥𝗼𝗯𝗲𝗿𝘁𝗼 𝗠𝘂𝗿𝗶𝗹𝗹𝗼, inquilino de la señorita Marielcampo, quien vivía en una pieza con puerta a la calle, frente a la casa cural. Roberto era el encargado perpetuo de vestir las imágenes de la Semana Mayor y algunos santos, vírgenes y mártires de las festividades religiosas a lo largo del año. Por eso, mantenía en su pieza el inventario de ornamentos de los pasos.
Con el ropero de los bienaventurados guardaba la calavera de don 𝗠𝗶𝗴𝘂𝗲𝗹 𝗔𝘀𝗰𝗮𝗻𝗶𝗼, músico amigo suyo, que aparecía cada año en el Paso de las Insignias, junto a la serpiente, el gallo y el purgatorio, como recuerdo de nuestro breve tránsito por la vida terrena.
Despertado por los golpes en la puerta, recibió la petición de los empapados músicos y les contestó con acidez:
—Pues ustedes saben que yo no tengo camas ni cobijas aquí; esto no es un hotel… Ahí les voy a hacer el favor, porque está lloviendo recio. Entren y acomódense como puedan… A ver, Orlando, envuélvase en la túnica de Jesús Nazareno. Y usté, maestro, arrópese con el manto de la Verónica o métase en el Santo Sepulcro si tiene mucho frío.
| Los Luceros de Oiba Últimos a la derecha, maestros Luis Leguizamón y Orlando Mateus. |
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